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domingo, 12 de octubre de 2014

Los macheteros de Sanpachito


Una extraña forma de fronterización y control poblacional está emergiendo en las celebraciones y concentraciones multitudinarias del pueblo afrodescendiente en Medellín, que no solo pone de presente la debilidad en los procesos de transmisión y transformación valorativa entre generaciones pertenecientes a este grupo de adscripción sino además revela las dinámicas de connivencia policial con formas desreguladas de producir orden y sostener el desorden en la ciudad: luego de caracterizarse por años como espacios en los que no se presentaban significativos brotes de violencia, hoy las prácticas delincuenciales rabiosamente expresadas blandiendo machetes en público parecieran poner intencionalmente en riesgo las manifestaciones masivas de la afrodescendencia en la ciudad; tal como ocurrió esta vez en el Festival de San Pacho en esta ciudad.

Como una expresión celebrativa del jolgorio, la alegría y la plasticidad trascendente de la religiosidad que se recogen en las tradiciones festivas y carnavalescas del pueblo afrodescendiente en Colombia[1], el festival votivo a Francisco de Asís, santo patrono de Quibdó celebrado así desde 1926[2], ha sido adoptado por los principales barrios de esa ciudad como las fiestas de San Pacho; concentrando el grueso de sus actividades bajo una estricta asignación territorial de la que participan los barrios más emblemáticos de la capital del Departamento del Chocó, quedándose por fuera de dicho arreglo consuetudinario aquellos barrios y asentamientos que no han logrado incorporarse con suficiente fuerza a esta congregación complejamente devocional, amplificada ahora bajo la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Más allá de las fronteras geográficas y décadas después de su instalación entre sus tradiciones apropiadas, las fiestas de San Pacho han seguido el paso migratorio de los habitantes del Chocó y sus familias por buena parte del país; especialmente en Medellín, ciudad en la que desde hace 19 años y, por iniciativa de colectivos de maestros congregados en la Asociación Intercultural Colombia Diversa (Aicold), se replicó un desfile con tal intencionalidad memorable, que año tras año ha concitado el interés y participación multitudinaria de la población afrodescendiente nacida, residenciada o avenida en la ciudad[3].

En las originales fiestas quibdoseñas, la profusión decorativa de los disfraces, carrozas, comparsas barriales, adornos de calles y arcos constituyen signos de distinción de tamaña trascendencia que, más allá de los rituales religiosos, enfrentan a los diferentes comités organizadores en una competencia franca y abierta por hacerse al reconocimiento como los que de mejor manera se preparan para lucirse con los preparativos de la celebración; sin que nuevos barrios hayan logrado incorporarse en los recorridos diarios previamente distribuidos empezando el 22 de septiembre en el Tomas Pérez y cerrando el 2 de octubre en Alameda Reyes.

El rápido y sorpresivo crecimiento demográfico de la capital del departamento chocoano, estimulado en buena medida por el conflicto armado, ha provocado el nacimiento de nuevos barrios y asentamientos que no solo profundizan los indicadores de desprotección poblacional sino además radicalizan la tensión entre los barrios integrados al ya de por sí limitado nivel de desarrollo en la ciudad y los que, por fuera de este ordenamiento, reclaman su incorporación a la ciudad. En relación con la festividad mencionada, esta situación ha generado brotes de rebeldía, riñas y algunos enfrentamientos promovidos fundamentalmente por jóvenes provenientes de estas concentraciones urbanas doblemente fronterizas al estar precariamente integradas tanto a las dinámicas del ordenamiento y desarrollo territorial como a las prácticas de ciudad entre las cuales “el San Pacho” resulta de incomparable magnitud[4]. 

Si bien es cierto que tales dinámicas poblacionales que siguen el ritmo y la intensidad del conflicto armado y las expresiones del narcotráfico asentadas ahora en Quibdó de ninguna manera pueden confundirse con lo que expresa esta fiesta multitudinaria; resulta sintomático que se acentúen las expresiones de violencia juvenil en medio de la misma, trastocando las vertientes valorativas con las que la violencia gratuita y el vandalismos son severamente sancionados por las generaciones adultas. En las prácticas generacionales del pacífico colombiano, los mayores enseñan a pelear "por cosas que valgan la pena", siendo igualmente duros para amonestar a quienes usan la fuerza o se expresan violentamente sin que haya motivos para ello. Por ello muchos se manifiestan escandalizados porque, entre las frases que de manera hilarante han sido apropiadas por los cachés,[5] se destaque una en particular: “Si va al Sanpacho entregue el machete”, acompañada del grito ambiguamente lacónico con el que se condensa la situación de tensión en el vocerío de concesivas chirimías anunciando que “esto se va a putiar”[6]. El fenómeno empieza a ganar tal notoriedad que en las redes sociales ya aparecen memes propios: “se mete al bunde y le sacan machete” (ver), dice uno de ellos.

El machete, instrumento de trabajo agrícola por excelencia, ha acompañado las prácticas productivas esclavizadas tanto como las iniciativas libertarias de las y los afrodescendientes por siglos, haciendo incluso famosos a los macheteros del Patía y su valerosa participación libertaria en la Guerra de los Mil Días, tanto como antes habían participado en el ejército independentista y se habrían radicalizado en las permanentes prácticas autonómicas contra los terratenientes y mineros caucanos[7]. Sin embargo hoy, tras crudas y descarnadas expresiones de violencia, no se puede olvidar cómo fueron acumulándose - producto de la omnipresencia galopante del paramilitarismo y el acuartelamiento de bandas sicariales -  los descabezamientos y muertes a machetazos a lo largo del Pacífico, así como las lamentables y tenebrosas casas de pique que, por cierto, no sólo funcionan en la emblemática ciudad de Buenaventura; trasladando el peso simbólico del machete hacia prácticas vandálicas y criminalizadas.

El que en pleno bunde y sabrosura las y los asistentes a algunos espectáculos y celebraciones resulten sorprendidos por las expresiones violentas y los retos a machetazo limpio en pleno evento público, adquiere ribetes dantescos cuando se observa que, pese al carácter multitudinario de la marcha festiva, al momento de llegar al sitio de concentración de la misma (tanto en Quibdó como en Medellín), la Policía Nacional no instala los sistemas de control ni los anillos de seguridad que se hacen evidentes en otros espacios y eventos. Así, mientras esta institución realiza operaciones de cubrimiento que llegan a situar un apabullante número de uniformados por asistentes a ciertos eventos[8], resultan pocos los apostados en el sitio de concentración del Sanpachito en Medellín; magnificando con malevolencia el pánico, la desazón y la sensación de inseguridad en el Parque de las Luces.

Es claro igualmente que la seguridad en una celebración como esta no puede depender de que se incremente el número de policías disponibles; así como resulta evidente que quienes la disfrutamos y la defendemos no podemos permanecer inmóviles y permitir que resulte empañada por facinerosos que se congregan para sabotearla y hacerla ver como peligrosa; convocándose también aquí como lo hacen en barrios y otros espectáculos masivos. Sin embargo, lo que resulta preocupante es que, a sabiendas de que este tipo de comportamientos se están presentando, las autoridades parezcan estimular su ocurrencia al no diseñar estrategias de contención que garanticen la seguridad de la ciudadanía congregada en un evento masivo con el que se visibiliza la pertenencia étnica afrodescendiente en la ciudad. ¿Acaso quiere la Policía Nacional que su inacción propicie desmanes de mayor calado en los que las riñas y muertes a machete sean perversamente leídos por la ciudad en términos de fronterización; tal como cuando se escucha decir “eso pasa desde que hay tanto negro en Medellín”[9]?

El que los funestos macheteros del Sanpachito empiecen a hacerse tristemente célebres porque su aparición logra disolver de manera eficaz esta manifestación de presencia y apropiación simbólica en una ciudad que todavía trata como extraños a las y los afrodescendientes no parece simplemente el producto de la pugnacidad de jóvenes que, seguros de que sus actos resultarán impunes, se retan en eventos públicos de diferente orden. Al contrario, el que tales actos se reproduzcan precisamente en el San Pachito, como ya había ocurrido en el Festival Afrourbano, permite suponer una patética maquinación de control poblacional que, poco a poco, disimula la actuación institucional y justifica su negativa a la promoción de eventos de esta índole hasta socavar el basamento identitario y cultural de la misma. Resulta impostergable preguntarse entonces si lo que se quiere institucionalmente es, pese a su discreta aceptación, desestimular las manifestaciones cada vez más sonoras y visibles[10] del pueblo afrodescendiente en Medellín.

El sanpachito en Medellín ya no es un pequeño desfile gestado por el querer devocional de algunos chocoanos en la ciudad[11]; mucho más cuando desde 2011 constituye una tradición cultural reconocida que cuenta con asignación presupuestal mediante Acuerdo del Concejo Municipal[12]. Por ello, lo que se espera de las autoridades, así como de los organizadores, es que garanticen el que esta manifestación se siga fortaleciendo en cuanto favorece los procesos de invención étnica en el espacio urbano; produciendo estrategias concertadas de aseguramiento espacial y contención delictiva, sin que se opaque el carácter festivo de la movilización.

Lo que se exige entonces es que se desestimulen de manera eficaz los brotes violentos que, intencionalmente o no, emergen desestimulando el hecho de que, históricamente, a lo largo del recorrido no se han presentado hechos lamentables en las casi dos décadas que lleva esta expresión y demostración de presencia, resistencia y reexistencia en el escenario urbano, en el que la fiesta y el jolgorio masivo empiezan a ser igualmente problematizados a la luz de los graves problemas que enfrenta el pueblo afrodescendiente en la ciudad[13].





[1] Bajo un conjunto de prácticas y tradiciones culturales abigarradas y heterogéneas, se cuentan durante todo el año diferentes carnavales, festivales, fiestas y celebraciones con base étnica y cultural remisoria de la africanía a lo largo y ancho del país. Algunos de ellos hacen parte del expediente patrimonial preservado por el Ministerio de Cultura y por la Unesco.
[2] Aunque su práctica devocional se registra desde 1648, cuando la Comunidad Franciscana se asienta en este territorio.
[3] Medellín, reflejo institucional del extrañamiento con la diferencia en la tradición paisa, alimenta una caracterización perpleja de las y los afrodescendientes en la ciudad, que no termina por incorporar en sus prácticas el hecho demográfico que registra hoy más de 240.000  de sus habitantes autorreconocidos como tales, contándose en cerca de 130.000 los que habrían nacido en la misma. Uno de los datos etnográficos más significativos y singulares del Sanpachito lo constituye la cada vez mayor participación de jóvenes estudiantes de bachillerato y universitarios que se congregan para reciclar en la ciudad las prácticas barriales del San Pacho, así como producen reediciones urbanas de esta fiesta, descritas  con suficiente fuerza en los lemas de las camisetas que les identifican. Un amplio registro fotográfico de lo dicho puede encontrarse en el álbum Sanpachito en Medellín 2014 en mi página personal en facebook: https://www.facebook.com/arleison.arcos/media_set?set=a.10202183106534211&type=1
[4] En 2013, pese a que el periodista ‘pintó’ la nota se usando imágenes que no correspondían a lo informado, Cristian Cuesta hizo una nota para Caracol Noticias, dando cuenta del asunto. Ver
[5] El caché lo constituyen las formas, colores, tocados y menajes propios del vestuario de cada comparsa participante en la celebración de San Pacho.
[6] La expresión “esto se va a putear”, de uso popular en toda Colombia, alude ambiguamente a la expectativa por encontrar divertimento desbordante en un momento de jolgorio tanto como a la sensación de que la tensión en el ambiente podría desencadenar enfrentamientos violentos incontrolables. Una expresión semejante para la primera sería “se prendió la vaina” y para la segunda acepción sería “esto se va a poner feo” o “se va a joder”.
[7] De hecho, el Batallón de Combates Terrestres Nº 37 del Ejército colombiano se llama “Macheteros Caucanos”. Hoy los denominados “esgrimistas” constituyen una tradición celebrada y reelaborada por afrodescendientes del Departamento del Cauca, quienes festejan el recuerdo de la temeridad y el arrobo con el que sus abuelos fueron conocidos en épocas coloniales y tras la instalación de la república. En el cancionero chocoano, el machete es recogido igualmente como un elemento constituyente de la cotidianidad: “Mi familia es la batea, mi compañero el machete, es mi novia la palanca y mi padrino el canalete”.
[8] Dada su importancia y llegando al paroxismo, la policía nacional ubicó dos agentes por cada participante en la VI Cumbre de lasAméricas en el 2012; por ejemplo. En un evento en el Estadio Atanasio Girardot que congrega a cerca de 50.000 hinchas, además de los espectadores por fuera de ese recinto, se despliegan cerca de tres anillos de seguridad y, pese a ello, la policía nacional registra por decenas el número de armas cortopunzantes que decomisa.
[9] Nota recogida de una conversación informal en bus urbano, escuchada por quien escribe, estando ubicado detrás los hablantes. Al advertir mi presencia, las hablantes pararon el comentario inmediatamente.
[10] En medio de la celebración en vía pública del San Pachito en Medellín, muchos transeúntes y conductores preguntaban, extrañados, qué se estaba celebrando.  Algunos entre estos mencionaban que era la primera vez que veían algo semejante en la ciudad; lo cual no sólo reafirma el carácter multitudinario que ha ganado esta expresión popular afrodescendiente sino además refleja la contradicción con el hecho de que la misma se ha realizado por cerca de dos décadas en Medellín.
[11] A lo que habría que hacer varias glosas respecto de la organización de las actividades celebrativas, la convocatoria antojadiza e incomprensible a ciertos grupos culturales, la no promoción de esta actividad incorporando otras organizaciones y colectivos, la sorpresiva concesión a las autoridades para que el evento cambiara algunas calles en su habitual recorrido, entre otras consideraciones que resultan pertinentes para robustecer esta actividad que, a todas luces, hoy desborda las posibilidades operativas, logísticas y movilizatorias de una única organización del incipiente movimiento étnico afrodescendiente en la ciudad.
[12] Mediante el Acuerdo 317 de 2011, “Por medio del cual se institucionaliza  la celebración del  evento de ciudad, Encuentro de La Identidad y  La Diversidad Cultural ‘Sanpacho en Medellín’”, la ciudad de Medellín incorporó a su calendario de celebraciones y conmemoraciones públicas esta festividad.
[13] En el Sanpachito, el CEPAFRO, Centro Popular Afrodescendiente, promovió la visibilización de asuntos políticos; evidenciando que, junto al revulú y la juerga se pueden intencionar y situar otros lenguajes y otros discursos en torno a la problematización de la presencia y participación de los afrodescendientes en la ciudad. Tanto en su comunicado público en torno a la poquedad con la que el POT de Medellín oblitera la diferenciación étnica como en los mensajes visibles en sus pancartas y camisetas, el CEPAFRO invitó a la ciudad a problematizar las dinámicas del racismo y las sinrazones de la opresión que justifican la convocatoria a construir poder popular alternativo. 

martes, 7 de enero de 2014

¡Centro Popular Afrodescendiente!

Muchos pensarían que es una casa para armar un proyecto; otros la vemos como un proyecto que se hace visible en una casa. Estos dos sentidos, dibujan la aspiración a convertir el Centro Popular Afrodescendiente en un espacio en el que, reivindicando el carácter popular de los procesos sociales y políticos y, contrario al solipsismo y la habitual promoción de la fragmentación, un conjunto de organizaciones activas confluyen para afianzar la pertenencia afrodescendiente como fundamento de la acción movilizatoria en y desde Medellín.

Pese a que no deja de resultar compleja la definición de lo popular hoy, cuando los discursos sociales se centran en el desdibujamiento de conceptos identitarios; recurrir a tal categoría antes que un límite constituye una posibilidad para la producción de pensamiento emancipatorio al adentrarnos en la segunda década del milenio huérfano en el que nos encontramos, falto de ideas, nostálgico y evanescente; urgido de propuestas y alternativas posibles. El pueblo, esa vieja categoría tan republicana como socialista, no es simplemente la suma indeterminada de todos los individuos, ni la expresión de una gelatinosa voluntad general. Para nosotros, las y los afrodescendientes, pueblo es lo que somos.

domingo, 21 de abril de 2013

Sin casa ni integración


 "Es una casa tan grande la ausencia
Que pasarás en ella a través de los muros
Y colgarás los cuadros en el aire".
Pablo Neruda


Por la gestión de varios años, adelantada por un grupo significativo de organizaciones y liderazgos, se formalizó el 22 de mayo de 2008 la Casa de Integración Afrodescendiente en Medellín; un espacio destinado a la difusión y acogida de las diferentes expresiones educativas, sociales, académicas y culturales con las que se recrea la identidad urbana de la población afrodescendiente en la ciudad. Dicho espacio se encuentra hoy cerrado, mientras se construye lo que hasta ahora podría llamarse Centro Cultural Afrodescendiente, desplazando hacia una casa de alquiler las actividades que se venían concentrando en ese escenario de ciudad. Sin embargo, esta es la hora en que, avanzado el año, ni la construcción del centro parece avanzar hacia su entrega definitiva ni la casa alquilada parece servir a su propósito, cerrada como se encuentra, a la espera de reubicación en el Barrio San Javier. Mientras tanto, preocupa y desespera el silencio de las comunidades, organizaciones y liderazgos que parecen adormecidos y sin mayor incidencia en la ciudad.

domingo, 24 de marzo de 2013

El Alcalde informa, pero la deuda continúa.


Según la presentación de su gestión en el 2012, todo parece indicar que la Administración municipal ha avanzado poco en la inclusión de la población afrodescendiente en Medellín, desconociendo incluso la propuesta de agenda mínima planteada por redes, organizaciones y liderazgos en el proceso de adopción del plan de desarrollo.

Producto de un proceso de consulta y estructuración sin precedentes en la ciudad, la población afrodescendiente organizada participó en sesiones expertas, reuniones, talleres y un foro local auspiciado por el Consejo Territorial de Planeación, produciendo un documento consensuado que, antes que modesto, cifra la atención de la población y de la administración pública en la concreción de una agenda mínima de inclusión afrodescendiente; bajo la premisa de que “las y los afrodescendientes hemos construido caminos de libertad, ahora contribuiremos a hacer de Medellín un hogar para la vida”. Esta agenda plantea los mínimos societales que Medellín debe “incorporar en su plan de desarrollo (e implementar) para incluir a las y los afrodescendientes en la formulación y ejecución de políticas públicas que incidan en la transformación de las condiciones de inequidad que afectan el desarrollo para este grupo humano”.

sábado, 16 de febrero de 2013

¿Dónde están los representantes?


En plena turbulencia política; bajo consideraciones que recuerdan la singularidad e importancia de los asuntos que estaban en discusión en el proceso preconstituyente de 1991, los liderazgos en Medellín parecen no existir, estar dormidos o permanecer lerdos frente a las grandes transformaciones que se avecinan para el pueblo afrodescendiente en Colombia.

No sólo por las discusiones frente al peso de la representación sino además por la significación de la misma en momentos en los que, suspendido el parcializado proceso de legitimación de la Consultiva Nacional, se prioriza la interlocución individualista con el gobierno antes que la activación y movilización de los núcleos societales con los que finalmente debería adelantarse un amplio proceso de consulta, elección y legitimación de vocerías y representaciones.

En lugar de ello, algunos optan por enviar listados de firmas que los ratifiquen en espacios en los que siempre han estado, otros por hacer circular entre sus aliados líneas de acción tan reiteradamente viejas que no producen el menor entusiasmo. Las nuevas figuras de la representación étnica local se debaten entre esperar ser convocados y animarse unos a otros para ver quien convoca. Las organizaciones estudiantiles se mueven en torno al debate por la educación superior sin que se atrevan a entender su papel como activadores de transformaciones en otros ámbitos, permaneciendo todavía al margen de asuntos con superlativa trascendencia. Prisioneros de viejos hábitos, algunos permanecen alertas a los procesos contractuales con los que han logrado sostenerse hasta ahora. Redes con cierta tradición y diálogo con órganos nacionales se desperezan y empiezan a reunirse, aun sin darse cuenta de la gigantesca transformación que se avecina y los más, comunidades, organizaciones e incluso liderazgos, dialogan, escriben y preguntan sin alertar todavía frente a lo que está pasando. En suma, un panorama bastante desalentador que evidencia la miope, corta y ligera visión que en la ciudad y el Valle de Aburrá aun tienen los procesos organizativos y los espacios de representación.

Seguramente habrá quien permanece consciente ante las reformas que se avecinan, advirtiendo las implicaciones que tendrán para el pueblo afrodescendiente en Colombia la naciente discusión y posterior entrada en vigencia de la ley estatutaria de consulta previa, la ley estatutaria de desarrollo rural y urbano y la pendiente revisión de constitucionalidad de la ley estatutaria de participación ciudadana; entre otros.

Tal como evidencia la reacción de El Tiempo[1], son muchos quienes a viva voz alegan que la consulta previa a afrodescendientes e indígenas tiene paralizado el desarrollo del país (Ver).  Dado el compromiso de las Cortes con el expreso cumplimiento y exigibilidad de esta medida garantista, fuertes grupos económicos con marcados intereses, académicos afectos al mundo empresarial y al mercado e incluso despistadas voces cuestionadas por liderazgos étnicos, dejan ver sus intenciones porque, vía congreso, se limite la capacidad de los pueblos étnicos en el país para impedir, frenar y pactar proyectos, grandes y pequeños, que afectan su sostenibilidad e integridad, so pretexto de que la consulta no deja funcionar a las instituciones gubernamentales. 

En consecuencia, si se le cree al parcializado periodista de El Tiempo, habría incluso una estrategia del ejecutivo para escamotear lo que no puede obviar: “la iniciativa legislativa del Gobierno va con pausa para evitar la consulta”; lo que no sólo pone al país contra este instrumento sino que fortalece el imaginario de que, por mecanismos de protección como este, afrodescendientes e indígenas permanecen de espaldas al desarrollo.

Pese al impacto de semejante afrenta, los liderazgos de Medellín ni siquiera parecen inmutarse; descuidando el hecho significativo de que la actual coyuntura requiere mayor intervención y movilización para defender la consulta y reclamarla también para quienes en las ciudades palidecen ante el peso oprobioso del desconocimiento como pueblo o grupo étnico.

Igual cosa ocurre con el proyecto de ley estatutaria de tierras y desarrollo rural, ante las 30 millones de hectáreas que constituyen el territorio ancestral defendido y disputado bajo garantías constitucionales especiales (26 en nombre de comunidades indígenas). Siendo casi la cuarta parte del territorio nacional la que constituye el territorio propio, lo que está en juego con el proyecto de ley pone de presente la vulnerabilidad de las comunidades afrodescendientes e indígenas y la importancia de avanzar en una comprensión garantista del desarrollo rural que impida su extinción, desarraigo y destierro.

Sumada a las serias modificaciones que deben hacerse al código minero haciendo exigible al gobierno y al empresariado asociado a la extracción no sólo procesos de consulta sino acciones de protección, mitigación y preservación social y ambiental, la propuesta estatutaria para ordenar el territorio agrario en Colombia afectará sustancialmente al pueblo afrodescendiente, como quiera que este constituye uno de los principales factores de desplazamiento, desterritorialización y muerte padecidos por nuestras comunidades. 

Empero la trascendencia de semejante proyecto, que reclama activar los necesarios respaldos a los Consejos Comunitarios y a las comunidades rurales que serán afectadas en el Departamento y en el país, la capacidad para producir dispositivos movilizatorios en manos de los liderazgos afrodescendientes en Medellín  de nuevo parece silenciada y obsecuentemente desentendida, pese a que aquí tienen asiento varias de las organizaciones que afirman agrupar amplios sectores y comunidades de víctimas que, claramente, deberían estar siendo convocados autónomamente, antes que por proyectos financiados por el Estado.

Finalmente, pendiente de revisión constitucional, la ley estatutaria de participación ciudadana constituirá un hito en los procesos de actuación ciudadana en defensa y garantía de sus derechos, toda vez que la iniciativa contempla instrumentos de interacción entre el gobernante y las ciudadanías que fortalecen la posibilidad de revocatoria, hacen exigible la rendición de cuentas, fomentan el control social a las actuaciones gubernamentales y promueven una institucionalidad robusta que, de funcionar, podría alentar una mayor incidencia en los asuntos de interés público.

De manera específica, se requiere la entrada en vigencia del nuevo estatuto de la participación para que provea a la ciudadanía de herramientas con las cuales ganar mayor preponderancia a la hora de implementar políticas públicas que, al igual que las diferenciadas, contribuyan al fortalecimiento del desarrollo local, ampliando el ámbito de la exigibilidad incluso con la obligatoria financiación de procesos de consulta al grueso de la ciudadanía y a los pueblos étnicos.

Sin embargo, nuevamente, resulta lamentable que ante semejante posibilidad los procesos organizativos en ciudades como Medellín reflejen el sello de la fragmentación, dispersión y la atomización al no contar con espacios de convergencia ni instrumentos asociativos que aúnen los cientos de voces que se abrogan la vocería del pueblo afrodescendiente en esta ciudad.

Pasmosamente quietos, los liderazgos en la ciudad evidencian ausencia de ruta, mientras las comunidades reciben apenas las migajas que dadivosamente le arañan a una administración municipal incapaz de implementar la agenda mínima afrodescendiente convenida con un amplio conjunto de organizaciones, colectivos e individuos durante el proceso participativo del plan de desarrollo.

Pese a contar en años anteriores con iniciativas de articulación innovadoras como la que intentó ser Afromedellín y, más recientemente, El Comité Unitario Afrodescendiente, el actual estado de los procesos de concertación es, indiscutiblemente, un desastre, animado incluso por el Estado; como lo reconoce un perseverante líder local: “aparte de la dificultad de coordinarnos, que no ha sido el único obstáculo, hemos tenido el obstáculo de que las administraciones municipales y departamentales han incidido en tener una total descoordinación. Es decir, en vez de apoyar estos procesos, los han combatido y no han permitido que se consoliden”[2].

Vacilantes en la vida política local y sin peso en los espacios de decisión pública, incluso quienes personificamos representaciones del pueblo afrodescendiente en la ciudad[3]  nos vemos como usurpadores impotentes ante la inexistencia de tales instancias de coordinación y articulación de iniciativas, precisamente en momentos en los que se requiere convocar masivamente a las comunidades para que ganen protagonismo en el debate por los grandes temas que se están discutiendo.

El alto número de organizaciones y colectivos existentes en la ciudad deberían significar agitación y movimiento; sin embargo, son las quietas aguas de la inacción las que parecen caracterizarnos, mientras los de siempre, unos agazapados y sigilosos y otros tercamente sordos, se abrogan vocerías nacionales sin el respaldo de quienes deberían estar siendo convocados; sometidos así a otra forma de ofensa de proporciones incalculables.

Ojalá no sea tarde todavía para que, en esta ciudad y en el Valle de Aburrá, tengamos por fin una oportunidad de evidenciar nuestra valía, contribuyendo a amplificar la voz de nuestra gente en la convocatoria a sus liderazgos; no sea que nos quedemos por fuera de los grandes procesos históricos, como también ha ocurrido en el pasado.




[1] La nota del periodista Daniel Valero, el 9 de febrero del presente año (Ver), parecer más un editorial telegrafiado por el gobierno Santos que una noticia con pretensiones informativas; tal como ya había hecho de modo ramplón y prejuicioso el mismo periodista el 26 de febrero de 2012 (Ver). El lenguaje utilizado por el comunicador y las afirmaciones de terceros que hace suyas al evitar las comillas dan cuenta del marcado interés de dicha publicación por meterle mano a la noticia, incluso seleccionando a quienes cita en nombre de afrodescendientes e indígenas y amañando al descaro sus opiniones al vincular unas con otras de manera artificiosa como puede leerse.
[2] Entrevista realizada por Piero Rivas Maldonado para su trabajo de grado como politólogo  “Participación política afrodescendiente en Medellín”. UdeA, 2012, del cual fui asesor. 
[3] En mi caso, al ser representante de las y los afrodescendientes en el Consejo Territorial de Planeación de Medellín.

domingo, 25 de marzo de 2012

Inclusión afrodescendiente en el Plan de Desarrollo de Medellín


La concepción étnica del desarrollo constituye un momento de articulación y redefinición de las metas sociales, políticas, culturales, económicas, solidarias, ambientales, poblacionales y de otros órdenes, a partir de la concepción diferenciada de las ciudadanías, sus demandas, reivindicaciones y las alternativas con las que puede responder eficientemente la administración local; de modo que ciudadanos y comunidades portadoras de identidades culturales y étnicas se encuentren efectivamente incorporados al disfrute y satisfacción de sus derechos, tal como los mismos pueden y deben ser realizados. 

El disfrute pleno de derechos es el fundamento de la incorporación étnica diferenciada en los planes de desarrollo; pues, en la medida en que el plan constituye un pacto entre la comunidad y el Estado, mutuamente se obligan a orientar los fines del Estado a producir los efectos que hagan posible la inclusión de quienes han permanecido al margen del desarrollo, mejorando las condiciones de vida que permiten reconocer el nivel de bienestar del que realmente disfruta la ciudadanía y la capacidad institucional para garantizarlo y promover el avance en la ampliación de oportunidades para su fortalecimiento. 

La presente propuesta constituye un insumo colectivo que pretende aportar al propósito de avanzar en el mejoramiento de condiciones mínimas para la inclusión y la generación de equidad para las y los afrodescendientes en Medellín. 

Este documento es un borrador en proceso de concertación para el pronunciamiento en el Consejo Territorial de Planeación de Medellín, del que participo como representante por los y las afrodescendientes. Sus aportes puede enviarlos a arleisonarcos@gmail.com hasta el 28 de marzo.

domingo, 11 de marzo de 2012

Una Dirección de Asuntos Étnicos para Medellín


El que Medellín cuente con 23.000 indígenas acogidos en el cabildo Chibcariwak se suma al nacimiento, presencia y visibilidad histórica de quienes ahora son por lo menos 236.000 afrodescendientes, que constituyen cerca del 11% de su población; cuyos derechos consagrados constitucionalmente reclaman del Estado su garantía y satisfacción de manera diferenciada frente al resto de la población; en la medida en que constituyen grupos étnicos históricamente desfavorecidos en los procesos de desarrollo. Atender sus problemáticas y reivindicaciones, proteger su identidad, prácticas ancestrales y tradiciones culturales, salvaguardar sus derechos e implementar políticas públicas orientadas a superar las condiciones de indignidad, injusticia e inequidad a las que se encuentran sometidos, constituyen argumentos más que justificados para la instalación de una dependencia pública que encare la tarea de producir transformaciones en los indicadores de desarrollo humano, territorial y económico para los grupos étnicos en Medellín; instancia que hoy no existe y que en tiempo de campaña hizo parte de las propuestas del hoy Alcalde Anibal Gaviria Correa.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Etnoeducación en Medellín: un reto impostergable


Responder con políticas públicas inclusivas para poblaciones diferenciadas no constituye una dádiva de la administración municipal sino un compromiso de país y un reto por transformar las prácticas institucionales con las que se sostienen las barreras y fronteras que impiden o dificultan el ascenso social y la satisfacción de las pretensiones de bienestar de aquellos y aquellas que, constituyendo al menos el 11% de la población nacional, habitualmente han sido dejados al margen de la gestión y el reparto de los beneficios de la ciudadanía. En ese propósito, la etnoeducación constituye una apuesta fundamental para incorporar el enfoque étnico diferencial y la vivencia ética, valorativa y cognoscitiva nacida de la inclusión de la diferencia en los escenarios educativos. 

sábado, 29 de octubre de 2011

¿Voto étnico en Medellín?


No sólo sorpresa sino decepción causa el que en la contienda política por la Alcaldía de Medellín las diferentes campañas hayan minimizado y prácticamente evitado darle significación a la participación poblacional afrodescendiente en la ciudad. De hecho, el que al menos 236.000 personas, según una reciente caracterización financiada por el  gobierno municipal, se reconozcan como afrodescendientes en este municipio no parece que haya importado sustancialmente a ninguna de las candidaturas, pese a que la CNOA, Convergencia Nacional de Organizaciones Afrocolombianas, intentó promover, infructuosamente, un encuentro con las mismas.

Ello nos lleva a preguntarnos si resulta precaria la participación electoral afrodescendiente en la ciudad; o si, por el contrario, las maquinarias políticas tradicionales han logrado cooptar y conservar amarrada tal porción electoral.

De hecho, es sintomático que buena parte de los entrevistados por Piero Rivas Maldonado para su trabajo de grado en Ciencia Política (aun en asesoría), afirmen que la participación política afrodescendiente en la ciudad es nula, precaria o insuficiente al considerar poco representativa su presencia e incorporación en los diferentes gobiernos por elección popular gestados hasta ahora. Para algunos de los participantes en tal ejercicio de investigación, las y los afrodescendientes ni tienen ni han alcanzado una fuerza que les permita deliberar y tomar decisiones, por lo que terminan por ser útiles a las estrategias electoreras de los movimientos políticos en la ciudad.

lunes, 18 de octubre de 2010

¿Afrodescendientes paisas?




Afrodescendientes en el San Pachito en Medellín - 2010
No solo visualmente sino en todo su esplendor y vitalidad cultural Medellín, una ciudad tradicionalmente asociada a una imagen "blanca" del mundo paisa, empieza a reconocerse diversa y enriquecida con la presencia e incorporación de afrodescendientes que, avenidos o nacidos en ella, hacen su vida como herederos de tradiciones ancestrales de la africanía en escenarios urbanos. De manera especial, en la ciudad empiezan a aparecer acercamientos a la novedad de afrodescendientes de segunda y tercera generación nacidos en la ciudad, muchos de los cuales cuentan igualmente con padres y madres medellinenses.


Tal presencia resulta sintomática pues en la tradición antioqueña hay un descase entre territorialidad y diversidad, marcado por un profundo regionalismo, el centrismo étnico que reclama su ancestralidad “blanca”, andaluza, vasca y hasta judia y que en menor medida acepta la procedencia indígena de los abuelos y abuelas, pero que desconoce su significación cultural; mucho más cuando se la vincula a la pertenencia étnica afrodescendiente.


Como evidencia, el lenguaje cotidiano resulta cargado del carácter discriminatorio y peyorativo con el que en Antioquia se puede ser tiernamente “negrita linda”, “Negrito querido”, “negrita”; pero también “¡negro!” despectivamente “negro hijueputa”, de manera esencialista “negro tenías que ser”, porque  el “negro que no la hace a la entrada, la hace a la salida” y, en todo caso “negro ni mi teléfono” pues nada puede ser "mas ordinario que negro paisa", entre tantas otras; expresiones con las que se fija la identidad afrodescendiente en términos despreciativos y extraños a la cultura paisa, al tiempo que se cuestiona la pertenencia antioqueña de las y los afrodescendientes. 





En la lectura de la afrodescendencia, reclamarse afro y de Medellín parece una rareza producto más de la sorpresa de estar aquí que de la vinculación simbólica de la identidad étnica y de la diferencia cultural productoras de reconocimiento y reciprocidad, incluso para quienes aquí nacieron, de aquí son o hemos vivido aquí más tiempo que en cualquier otra parte. Por ello, advertir que no se ha nacido en la ciudad sino que la referencia originaria puede rastrearse a otro territorio, lleva consigo desvertebrar la estancia acrítica en la ciudad, el habitarla simplemente, para producir de un lado la sankofa: esa mirada retrospectiva que me lleva hacia adelante con la perspectiva personal y colectiva enraizada en el pasado. De otro lado, el situarse conscientemente en la ciudad, vivirla y gestarla desde el derecho a la ciudad, a la posesión de bienes en ella, al hacer una vida digna, a la reconstrucción simbólica ocurrida en el encuentro entre la cultura ancestral y la vida patrimonial urbana.


A consecuencia del desplazamiento y de la búsqueda de mejores condiciones laborales principalmente, desde 1940 se incrementó el flujo de habitantes del pacífico colombiano hacia Medellín, especialmente provenientes de Chocó, gracias a la apertura de la denominada "carretera al mar". En 2006, de acuerdo con el Diagnóstico Poblacional de las Comunidades Afrocolombianas en Medellín sumaban 133.082 los habitantes de la ciudad que se autorreconocen como afrodescendientes. Con todo, dicha cifra resulta abiertamente conservadora, mucho más cuando se miran las estadísticas de poblamiento de las comunas más populosas de la ciudad, ubicadas en las Zonas Nororiental y Centrooriental, en las que estimados de ONGs, académicos y organizaciones étnicas cifran en más de 500.000 los habitantes allegados y nacidos en la ciudad.


Con una presencia tan numerosa en la ciudad, las preguntas por la participación de los y las afrodescendientes de Medellín o afropaisas y su incorporación, asimilación, resistencia y lucha en este espacio urbano resulta problemática, reclamando condiciones ciertas para la realización no sólo de los derechos humanos, sino especialmente del derecho a la ciudad; siendo que,  al igual que en el resto del país, para la mayoría de los y las afropaisas las estadísticas acompañan una historia de pobreza, marginación, ocupación de terrenos catalogados como de alto riesgo (otros prefieren llamarlos de alta inversión), múltiples desplazamiento intraurbano, precariedad en la prestación de servicios públicos, cobertura en salud y desempleo.


De otro lado, si bien puede considerarse ambigua la percepción de muchos y muchas afrodescendientes nacidos en Medellín, interesados más en pasar desapercibidos y no hacer visible su pertenencia étnica, a consecuencia de los históricos procesos de blanqueamiento y autoinvisibilización aprendidos en el proceso colonial que vincula la africanía a la esclavitud; resulta significativo y de alto interés en perspectiva educativa, investigativa y organizativa el acercamiento a la población afrodescendiente joven nacida en Medellín, cuyos intereses, cosmovisión, vivencia de las tradiciones ancestrales, patrimonialidad cultural y vida cotidiana genera preguntas a la tradición e invención étnica, así como a la gestación de políticas públicas enmarcadas no en el tratamiento de tal segmento como población vulnerable a consecuencia de padecer desplazamientos sino como ciudadanos de Medellín, con los mismos derechos que los hijos e hijas de mestizos indoespañoles en ella, como paisas de nueva cepa.


Dado que para esta población no se trata de reconvertir la propia vida en la aventura de avenirse a Medellín sino de hacerse ciudadanos en un territorio que les pertenece, resulta problemático que la sociedad antioqueña sostenga los clichés manidos con los cuales aparece como dicotómico el ser paisa y afrodescendiente, advirtiendo de paso que ya no será posible la defensa y existencia de una única manera de vivir la afrodescendencia ni la tradición paisa; al menos no sin profundizar la invisibilización, la discriminación y el desconocimiento de quienes a sus hijos heredarán la ciudad junto a ls marcas identitarias ancestrales afrodescendientes.


Como en el poema satírico brasilero, resulta claro que en la ciudad ya no hay negros no, hoy todos somos ciudadanos. Tal ciudadanía, cultural e identitariamente cargada de diferencia, nutre la vida cotidiana de la ciudad, sus calles y sus barrios preguntando por su lugar en la distribución de los beneficios de pertenecer a la ciudad, aunque hoy las respuestas resultan precarias e insuficientes.
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CuestionP Aportes para una teorìa polìtica de la afrodescendencia por Arleison Arcos Rivas se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 2.5 Colombia.

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