“El error más grande que ha
cometido nuestro movimiento ha sido tratar de organizar a un pueblo dormido
alrededor de metas específicas. Primero hay que despertar al pueblo (…) para
que descubra su humanidad, su valor propio y su historia; entonces si habrá
acción”.
Malcom X
En una de su últimas entrevistas.
Por varios siglos, la historia de África en América ha sido
marcada por el imaginario de la esclavización como el único relato a partir del
cual se ha incorporado a su descendencia en el mito fundacional tras la
articulación de las naciones americanas, fundamentalmente asignándoles el
carácter de mano de obra introducida de manera forzada y calculada en la industria
mercantil dependiente de la extracción e importación de seres humanos, inaugurada
con la ampliación del horizonte comercial mundializado a inicios del siglo XVI.
Bajo esta práctica imperial europea, se desarticularon
familias, tradiciones, concepciones políticas, cosmovisiones y formas de
relacionamiento nacidos en las particularidades de las culturas originarias de
África; lo que debió significarse en la América continental y antillana promoviendo
la reconfiguración de la africanía en condiciones de desarraigo, vilipendio,
segregación y opresión. En un contexto de poder dual, frente a las del dominio,
la deshumanización, el terror y el castigo, fue preciso instalar un abigarrado expediente
de tecnologías libertarias que, aun hoy, espera por ser redescubierto,
estudiado, escrito y contado a las nuevas generaciones, por fuera de los moldes
académicos y societales de la esclavización omnicomprensiva; a la que el
programa UNESCO “la ruta del esclavo” todavía nutre.

