¡Y el periódico oficial de la Martinica podría publicar en 22 de Junio de 1840 que en la plaza del Espíritu Santo, en seguida de terminar la misa, se vendería en pública subasta, por ejecución forzosa, la esclava negra Susana con sus seis hijos, de trece, once, ocho, siete, seis y tres años respectivamente!. Un acuerdo del Consejo de la Martinica declaraba atea la ley que pusiera en duda la esclavitud; y un presidente de la corte real de Guadalupe, afirmaba que la posesión de esclavos era la más sagrada de las propiedades”.
Ettore CICCOTTI[1].
En esta prisión, sitio emblemático del genocidio de africanos, fueron asesinados, encarcelados y sometidos con hambre y tortura, durante más de tres siglos, los que serian convertidos en ‘piezas’ del comercio europeo con ‘madera de ébano’, como llamaban a las y los africanos trasmutados a ‘negros’.
En 2001, durante la Conferencia contra todas las formas de racismo y discriminación promovida por Naciones Unidas, delegados europeos disculparon moralmente a los países que participaron en tales negocios, sin reconocer ninguna responsabilidad legal o compensatoria por lo que, a todas luces, constituyó un crimen genocida y de lesa humanidad, continuado por siglos, perpetrado de manera calculada y racional y sujeto a la más contundente ideación de la dominación que hayamos conocido. Incluso el Papa Juan Pablo II, de rodillas en el templo de Elmina, contiguo a la prisión negrera, pidió perdón, sin pagar los costos por supuesto, por el más grave silencio de las iglesias ante lo que llamó el holocausto silencioso; tan silencioso que pese a las protestas, Elmina es hoy un monumento a la ignominia convertido en patrimonio universal y destino turístico de alto valor histórico.
Muchos desconocen que allí y en las otras ciudades-bodega, se apilaban seres humanos como bultos, mil o más cada tres meses, hasta 150 esclavizados apiñados en cada celda, mal alimentados, golpeados, torturados, desmoralizados a fuerza de someterles con as más vejaminosas tecnologías de terror; arrumados en las peores condiciones sanitarias imaginables, sobre sus excretas, al lado de los que morían o se suicidaban mientras se adelantaban las negociaciones para su embarque. En ese fuerte, las riquezas y la humanidad de África desaparecieron en manos de portugueses, quienes desde 1441 explotaron la Costa del Oro para financiar una y otra guerra en territorio europeo, incluida la sostenida por largo tiempo contra los musulmanes.
Pero, ¿por qué los africanos? Esta es una pregunta irresuelta, y todo abordaje a la misma resulta insuficiente. Hallar una ruta interpretativa resulta categórico en la medida en que el racismo, la segregación y la discriminación operan, incluso categorialmente, como un dogma societal en el que el otro es domeñado e inferiorizado; con lo que, apelando a razones de diverso índole y de connotaciones naturalistas, biologicistas y hereditarias cuando no a argumentos de índole social, económico y político; se configura un molde cultural uniforme y supersticioso que condena institucionalmente a un grupo étnico a ser inferior mientras otro grupo étnico resulta, a consecuencia y por las mismas razones, destinado a ser superior[2].
