El pacífico no existe. Tal como
nos tiene ya acostumbrados, esa podría ser la frase que pronunciaría el
Presidente Santos si se le preguntara por qué no se hizo la firma de la Alianza del Pacífico en alguna ciudad del
territorio colombiano que justifica tal acuerdo comercial. De hecho, de manera
apresurada, la ligereza que se le escuchó hilvanar a su Ministra de Relaciones
Exteriores al indagarle por tal desafuero, fue que todos somos Pacífico; lo
cual no es cierto.
No es cierto, Canciller; porque, de serlo, la Cumbre del Pacífico no se
habría realizado en la hermosa y discriminatoria ciudad de Cartagena sino en
alguna de las capitales de Nariño, Cauca, Valle o Chocó. Si lo que se quiere es
promover las bondades de la región para provocar el crecimiento económico de
los países aliados, debería partirse de considerar las condiciones reales de
sus pueblos y ciudades, sus vías carreteables y fluviales, sus gentes y su
historia y no sólo lo que cada vez parece más un slogan comercial al vender a
Buenaventura como el puerto más importante de Colombia.

