La ausencia de mi pueblo es mi peor hambre.
Manuel Zapata Olivella.
Changó el Gran Putas, p. 289
El semiólogo Roland Barthes, hace una fuerte crítica a la construcción europea de África en un artículo en el que se narra como una proeza lo que para el filósofo no es más que otra evidencia del colonialismo europeo: una pareja de investigadores ha llevado a la profunda selva a su pequeño hijo. Barthes, caustico, expresa: “naturalmente, la suavidad blanca resulta victoriosa: Bichín somete a "los comedores de hombres" y se convierte en su ídolo (los blancos están decididamente hechos para ser dioses)”[1].
A partir del relato de Barthes, quisiera hacer notar cómo la impostura se convierte entonces en la huella que delata la mentalidad europeizante en torno al clásico concepto de ‘raza’, en el que el pensamiento del otro resulta de una imagen construida desde un nosotros excluyente. El ‘blanco’ valida su propia identidad negando la de los otros, los ‘indios’, los ‘negros’. Esta construcción niega, por ejemplo, valor al encuentro biológico, cultural y étnico que usualmente se reconoce como mestizaje, profundamente enraizado con la significación de la afroamericanidad; al tiempo que hace visible el que el mestizaje biológico y la conjunción étnica, cultural , social y política que resulta de su articulación, aparecen como una fuente de tensiones entre quienes ven a América como una producción Latina y quienes, más allá, se sitúan en su mayúscula complejidad triétnica y cultural afrolatinoamericana. Al decir de Berta Ares Queija, “cuando nos referimos al mestizaje en países americanos tales como Ecuador, Bolivia o Perú, automáticamente pensamos en la relaciones entre españoles e indios, y esto no tanto porque históricamente mestizo fue el término usado para denominar al individuo nacido de las relaciones sexuales entre ellos, sino más bien porque casi siempre olvidamos la presencia de un tercer protagonista sobre el escenario, esto es: la población de origen africano”, recreando aquel refrán popular en Perú que recuerda el que “muchos tienen a la vez un tanto de Inga y un tanto de Mandinga” [2].Más allá del discurso académico en torno a la distinción entre raza y etnia, empecemos por mencionar la impronta más visible de la juntura americana, cuya biología situará la pigmentación en el eje de buena parte de las prácticas, discursos y formas de relacionamiento colonial. Pese a que la misma no constituye el único referente de nuestra historia mestiza, resulta importante para dar cuenta de la débil construcción identitaria en la que la exclusión de la ancestralidad africana, marcada social y conceptualmente todavía por el peso omnicomprensivo de la esclavización y la subordinación, alimenta la aspiración de vinculación efectiva no sólo de la africanidad en los relatos nacionales y en la significación de la americanidad sino igualmente la incorporación a los beneficios societales de aquellas y aquellos afroamericanos, a quienes los agentes de la cultura dominante desean integrados y asimilados mientras descargan sobre su pasado y su presente el descarte y la negación de beneficios que perpetúan rancias desigualdades.
