sábado, 2 de febrero de 2013

¿Quién quiere ser negro? El racismo nuestro de cada día



Saben que cuando salí de mi casa y me fui a Medellín y luego a Bogotá, entre 1995 y 1999, no tenía nombre. Todos me llamaban ‘negro’.
 (Gil Hernández 2010, 6)


En las calendas de inicio del colonialismo español, los cristianos azuzaban a los judíos para que fuesen exiliados del territorio peninsular a menos que evidenciaran haberse arrepentido de lo que consideraban su errada fe y se hubiesen convertido al catolicismo. El proceso resultó tan necesario para subsistir que muchos, a los que entonces se llamó marranos, profesaban tal credo de lenguas para afuera mientras en lo privado cultivaban la fe de sus mayores, preceptuaban el sabat y evitaban el contacto con lo que su religión manda como pecaminoso. Hoy ya no se exigen conversiones a los judíos; tal vez bajo el vergonzoso reconocimiento de la ignominia nazi perpetrada contra ellos, llevando a occidente a mutar radicalmente su manera de pensar.

Con mayor infortunio, desde aquellas épocas, los africanos fueron condenados a ser entera y eternamente negros.  

A lo largo de cinco siglos, estos han resultado presa de la estigmatización nacida de situar en la piel características cosificantes, malignas, satíricas, demoníacas, lascivas y animalescas, con las cuales se reproducen imagoloquias (Arcos Rivas 2011) que reflejan el carácter procaz con el que se instalan las representaciones desnaturalizadas del otro, las ideologías del odio y las imágenes de la perversidad; todas estas, evidencias del etiquetamiento, el desconocimiento y el desencuentro con la diferencia humana, escenificadas cotidianamente.


Pese a que con mucha frecuencia el común de los mortales se solaza afirmando no ser racista, de tanto en tanto se hace público y notorio lo contrario; evidenciando el persistente nivel de tolerancia social e institucional con el que se permite e incluso se autoriza (producto de la inacción) que se repitan y reproduzcan con naturalidad las formas del odio, la discriminación y la racialización del otro contra las cuales no queda sino vivir la experiencia de permanecer con alarma y alerta permanente en un mundo de ‘blancos’ en el que las clases sociales tienen color (Gil Hernández 2010), aun para personas de clase media; tal como le ocurrió hace poco a la distinguida profesora e investigadora Claudia Mosquera Rosero en Cartagena, ciudad (no la única) en la que se perpetúa la vigilancia sobre el color de la piel como uno de los determinantes de asignación del lugar social (Cunin 2003, 148).

Agredir verbal o físicamente, propinar daño moral, afectar la estabilidad sicológica y anímica de las personas que resultan esencializadas por efectos de la estereotipia, del racismo y de la discriminación constituyen hoy afrentas tachables, disciplinables y penalizadas de acuerdo al ordenamiento jurídico vigente.  Sin embargo, el memorial de agravios de todos los días refleja que en el país no sólo se vulnera flagrantemente la ley sino que además se evidencia la  incapacidad institucional para proveernos de un instrumento robusto y consistente en el propósito de remover del trato social la frecuencia con la que el otro resulta amenazado, vilipendiado, zaherido, molestado y señalado por sus rasgos biológicos, sus maneras de hablar o de vestir, su origen territorial o cualquiera de los otros marcadores identitarios que, universalizados y asignados como constitutivos[1], se convierten en perversas etiquetas denotativas de vinculación étnica y, por lo mismo, en condicionantes indeseables con las que incluso se reviste de saber científico la arquitectura ideológica de nuestra sociedad  (Caldas 1808; López de Mesa 1927; Gómez 1928).

Las y los colombianos estamos quietos ante la tarea irrenunciable de enfrentar el racismo enquistado e institucionalizado al interior de nuestras fronteras geográficas y mentales. En consecuencia, deberíamos movilizarnos contra este flagelo humanitario, no porque sea simplemente un lastre de la sociedad colonial sino porque aun opera y, de no contenerlo hasta diezmarlo, seguirá funcionando como un proceso mistificador, nulificador y movilizatorio. Tal como Albert Memmi nos recuerda, el racismo prospera y se instala allí donde el racista, “ese que, a nombre de esa superioridad particular, pretende gozar de manera legítima de beneficios de otro tipo: económicos, por ejemplo, o políticos, o incluso psicológicos o simplemente de prestigio” (Memmi 2010, 54).

El infame ataque verbal contra la profesora Claudia Mosquera Rosero; la agresión gráfica contra estudiantes afrodescendientes de la Unicauca denunciada en las listas de correos electrónicos por la profesora Elizabeth Castillo y las evidencias de tolerancia con mensajes racializados en los comentarios de los periódicos del país o en su línea editorial gráfica, como ocurre frecuentemente con las caricaturas de “matador” en El Tiempo[2], antes que lamentables coincidencias evidencian la confluencia institucional sobre la que tales prácticas resultan soportadas impunemente y sin pudor alguno. Sumados, todos estos hechos no sólo deberían concitar jornadas de desagravio y espacios para la protesta airada o la inveterada reflexión pausada promovida en las academias. 

Ya es hora de que asentemos basamentos societales para producir una transformación de prácticas personales y de diseños institucionales que se propongan la eliminación del racismo. 

Ya es hora de tomar la decisión personal e institucional de renunciar al racismo como estrategia de negociación de la diferencia humana en la medida en que, debe insistirse, ”el racismo es la valoración, generalizada y definitiva, de las diferencias, reales o imaginarias, en provecho del acusador y en detrimento de su víctima, con el fin de justificar una agresión(Memmi 2010, 58).

Ya es hora de suministrarnos herramientas societales (educativas, comunicacionales, económicas y políticas) que enfrenten al mal del racismo y lo destierren de una sociedad en la que, como se recuerda a diario, siempre ganan los malos si suman más que los buenos.

Ya es hora de dejar de jugar a ser buenos para ser negros...



Trabajos citados

Arcos Rivas, Arleison. «IMAGOLOQUÍA: ¿Qué lugar ocupa la imagen en la producción del discurso político?» Cuestion p. 5 de febrero de 2011. http://cuestionp.blogspot.com/2011/02/imagoloquia-que-lugar-ocupa-la-imagen.html.
Caldas, Francisco José de. «El influjo del clima sobre los seres organizados.» Editado por Colección Historia, Vol. II. Biblioteca popular de cultura colombiana. Semanario del Nuevo Reino de Granada (Minerva, S.A. 1942), 1808.
Cunin, Elizabeth. Identidades a flor de piel. Lo ‘negro’ entre apariencias y pertenencias: mestizaje y categorías raciales en Cartagena (Colombia). IFEA-ICANH-Uniandes-Observatorio del Caribe Colombiano, 2003.
Gil Hernández, Franklin Gerly. Vivir en un mundo de ‘blancos’. Esperiencias, reflexiones y representaciones de 'raza' y clase de personas negras de sectores medios en Bogotá. Bogotá: Tesis de maestría en Antropología, Universidad Nacional , 2010.
Gómez, Laureano. interrogantes sobre el progreso de Colombia. Minerva, 1928.
López de Mesa, Luís. El factor étnico. Imprenta Nacional, 1927.
Memmi. «El racismo. Definiciones.» En Estudiar el racismo. Textos y herramientas, de Odile Hoffmann y Oscar Quintero, 53-72. México: Cuaderno de trabajo AFRODESC/ EURESCL Nº 8, 2010.







[1] La naturalización convierte de manera exótica las particularidades étnicas, regionales o de género en hábito, costumbre o figuración que lleva a tratar al otro no según este mismo se dice sino bajo el rigor de las etiquetas. Así, el amaneramiento caracteriza indiscutiblemente la homosexualidad, la debilidad a la feminidad o la ruralización a la afrodescendiencia; por ejemplo. 
[2] “Matador” dibuja permanentemente a las personas afrodescendientes bajo una etiqueta exótica que le señalan con pelo afro, ojos exorbitados, nariz inmensa y gorda, boca bembona remarcada en su superficie con borde blanco; a lo que se suma la vestimenta rala y la ridiculez en los textos; tal como se puede observar en http://matadorcartoons.blogspot.com/

8 comentarios:

  1. Muy buen escrito Arleison.

    Saludo,

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    1. Apreciado Licher.
      Estamos pa'l gasto, mi vale.

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  2. Devo agradecer-lhe da vossa atencao .

    Bem cordialmente.

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    1. Obrigado.

      Gracias por su lectura y su amable comentario.

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  3. Juan de Dios Mosquera3 de febrero de 2013, 6:58

    Apreciado Arleison,

    Muchas gracias por la reflexiòn. Te comparto:

    "Una noche, un actor me pidió que escribiera una obra que fuera actuada por negros. Pero, qué es pues, un negro? Y para empezar, de què color es?" Jean Genet

    Te mando un abrazo cimarrón,

    Juan de Dios

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    1. Hola Juan de Dios

      Gracias por tu comentario y por tan bella frase.

      Es seguro que transformar el racismo en solidaridad requerirá, más que un simple escrito, acciones sistémicas decididas y la gestación de condiciones planetarias para el quiebre del capitalismo; sin embargo, como hijos de la utopía que somos, debemos recordar que nuestros padres y madres persistieron en sembrar aun cuando el fruto de su labor les era impuestamente ajeno.

      Un abrazo inmenso.

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  4. HERMANO ARLEISON

    Muy acertadas tus reflexiones y necesario para nuestros tiempos.
    LEOVIGILDO VIVANCO

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    1. Recordado Leovigildo.
      Gracias por tu comentario.

      Más que las coyunturas, la omnipresencia de los hechos de racialziación nos convencen de proceder, como recomendaba el viejo monje ante el incendio del centenario bosque de Sauces, trabajando ya y con urgencia para contener ese mal milenario del racismo.

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