La gente dice que soy
El muñeco de la ciudad
Porque soy negro, negrito
Con la bemba colorá
Pareja en el Desfile de Silleteros de Medellín, 2010 |
En
2010 la Secretaría para el Desarrollo Social de Soacha registraba 5300
afrodescendientes nacidos o residentes en ese municipio, en momentos en los que
apoyó la conmemoración del Primer Festival de San Francisco de Asis como parte
de las actividades del Programa de Minorías Poblacionales. Alborozada, la connotada modelo Belky
Arizala, quien ha vivido en ese municipio, opinaba que le parecía “muy especial que en todas las regiones y rincones del país la comunidad afrodescendiente esté
cada vez más visible con toda su cultura y folclor”[1]
Hoy, sin embargo, las y los afrodescendientes
nacidos y residentes en ese municipio de Cundinamarca, conurbano a Bogotá, se encuentran amenazados,
sumando ya muertos a la larga cadena que arrastra el odio de quienes no
soportan al que no se blanquea y pasa desapercibido.
En los hechos de Soacha, vuelve y aparece el
atávico ejercicio de distinción peyorativa que en buena parte del país alega la
no pertenencia afrodescendiente a los espacios urbanos, reproduciendo una
imagoloquía (una manera determinista de pensar, imaginar y decir al otro) ruralizada, exotizada
y desdeñosa de quienes hoy, producto de un colosal drama humano en voz baja, son mucho más
notorios en la ciudad.
Lo de Soacha es tan sólo una de las tantas
afrentas con las que se confirma la flagrante vulneración de derechos de la
población afrodescendiente, principal víctima del desplazamiento, del destierro
y de la penetración territorral de actores armados,
con su capacidad intimidatoria y mortal, en predios de los municipios con presencia
ancestral y mayoritaria afrodescendiente. Paradójicamente, la vieja invisibilidad institucional de los litorales y de la geografía libertaria dibujada en la huida de los centros urbanos coloniales, se transforma hoy en una peligrosa visibilidad gestada con los procesos de titulación colectiva de tierras que han entorpecido la
voracidad por ampliar la significación estratégica de estos territorios en el
proceso de expansión económica sobre el pacífico y concentración latifundista
en el Caribe; afectando además la ampliación del control territorial asociado
al narcotráfico y al mercado de armas escenificado en terrenos de presencia afrodescendiente continuada, otrora calificados como baldíos.
Como consecuencia, la igualmente histórica permanencia afrodescendiente en
las ciudades -como quiera que en ellas siempre hemos nacido, crecido y vivido
como producto de la vinculación al proceso colonial-, se nutre significativamente
por el proceso expulsor jalonado por actores armados y por quienes les arman
para producir masacres, negociaciones fraudulentas, limitaciones a la consulta
previa, alteraciones de títulos de
propiedad e incluso simulación de derechos mediante la instalación de
cuestionados dispositivos corporativos que, como se comprobó en Curvaradó, asumen
la representación de los Consejos Comunitarios, en contra de quienes
válidamente acuden a esta figura de resistencia conquistada con la Ley 70.
La tierra perdida, el obligado desplazamiento y la urgencia
antropológica por reconfigurar el sentido de la vida imponen forzosamente la
necesidad de habitar en entornos urbanos, los cuales, pese a la experiencia de desarraigo,
marginalidad y postergación social y económica, se convierten en un recurso
útil para reconstruir los rumbos de la propia existencia, la de la familia y la
del grupo humano al que se encuentra vinculado. En esas circunstancias la
experiencia urbana para miles de afrodescendientes obligados a avenirse a la
ciudad y, por extensión, para muchos de los nacidos en ella, se convierte en
una especie de liturgia del fracaso, cuyo penoso ritual dibuja la cruz del
tránsito por oficinas, escuelas, empleos y dependencias, proclama el credo de
la insatisfacción a la hora de alquilar un inmueble, disfrutar un almuerzo,
celebrar una fiesta o intentar departir con las amistades en sitios públicos o establecimientos
privados en los que, se advierte de modo subrepticio o manifiesto que “no se
aceptan negros” y confirma la infeliz comunión de los señalados bajo la
condena de la piel.
Frente al legítimo reclamo por disfrutar del derecho a
movilizarse, residir y hacerse a la ciudad como a bien tenga cualquier
colombiano, las y los afrodescendientes reciben sobre sus hombros el fardo
fatigante del desprecio, el señalamiento y el trato inmisericorde prodigado al
extranjero indeseable, en este caso bajo el estigma oprobioso y la fijación
ideacional según la cual “el negro no
pega en la ciudad”[2].
Tal estigma se extiende como una especie de, este sí, “certificado
de negro”[3] sobre las y los
afrodescendientes, gestando un modelo de relacionamiento público delatorio por
el que la diferencia cultural y la identidad étnica operan no como distintivo vinculante
sino como una insignia sindicatoria que pareciera portarse en el cuerpo entero, haciéndoles objeto del trato en condición paria.
Por todo ello, lo denunciado esta semana en Soacha no puede
entenderse como un hecho aislado y marginal en las noticias sobre la
criminalidad en Colombia, toda vez que constituye la feroz evidencia de lo
instaladas que permanecen las formas abyectas de interacción con el diferente y
los usos y modos difamantes con los que se cultiva el aminoramiento humano
aprendido y sostenido históricamente, como seña pertinaz de una sociedad sin
tránsitos hacia formas de interacción intercultural respetuosa de la diferencia
o, por lo menos, hacia la articulación de fronteras de diferencia porosas. Pese
a los muchos avances e indicadores que puedan mostrarse respecto de cómo
aparecen entre nosotros actitudes alentadoras hacia dicho tránsito, aun en Colombia, “el negro es negro”[4];
dolorosamente marcado, señalado y arrinconado en los imaginados confines del
territorio nacional.
[1] Entrevista de Periodismo Público.com a Belky Arizala. «El carnaval de la comunidad Afro de Soacha.» http://www.periodismopublico.com/El-carnaval-de-la-comunidad-Afro. (5 de diciembre de 2010).(Arizala 2010) .
[2] Expresión recogida en medio de una conferencia. Una de las personas participantes, proveniente del Chocó y residenciada en Medellín, afirmó: “El negro no pega en la ciudad porque esto es muy distinto a la tierrita de uno”, frase que refleja no sólo la nostalgia de la tierra perdida sino además la experiencia de distinción peyorativa, de acuerdo al contexto en el que fue pronunciada.
[2] Expresión recogida en medio de una conferencia. Una de las personas participantes, proveniente del Chocó y residenciada en Medellín, afirmó: “El negro no pega en la ciudad porque esto es muy distinto a la tierrita de uno”, frase que refleja no sólo la nostalgia de la tierra perdida sino además la experiencia de distinción peyorativa, de acuerdo al contexto en el que fue pronunciada.
[3]
Recordando la infausta columna de Hector Abad Facciolince. http://www.elespectador.com/impreso/columna-256419-certificado-de-negro
[4] Frase
recogida en el contexto de una experiencia personal de “señalamiento amistoso”.
Creo que son puntos de vista: lo de Soacha es censurable, aunque creo que su posición y la de Héctor Abad son diferentes pero, no por ello, la del señor Abad es menospreciable; si usted aspira a una pluralidad en el conocimiento y en las formas de percibir el mundo, debería comenzar por aceptar esa misma pluralidad cuando el punto de vista a respetar es el de un hombre blanco o ¿sólo habría que respetar el suyo porque es negro?
ResponderEliminarHola.
ResponderEliminarAgradezco tu lectura y tu comentario.
Deberías leer la columna de Hector Abad, las reacciones que generó (no precisamente de columnistas "negros") y lo que escribí al respecto (http://cuestionp.blogspot.com/2011/03/la-memoria-de-los-bastardos.html)
Espero que puedas revisarlo y vuelvas para comentarlo.
Buen articulo, buen amigo Arleison. Por ahora quisiera escribir un poco sobre Abad Faciolince, al que considero buen escritor, me refiero a sus libros, sin embargo pésimo columnista. En algún aparte de un libro ciertamente bello [Basura] se dice a sí mismo que es insulso lo que escribe, se refería a los artículos. En efecto quiero constatar que sus columnas en El espectador son eso: infaustas y descaradas, insulsas y desgraciadas, rayan con lo aborrecible; por ejemplo este que cita usted es un ejemplo de ello que demuestra la exageración unilateral de un periodista ensimismado en su saber-pensar; Es que no se puede medir con el mismo rasero al afrodescendiente con lo que él considera un bastardo, es decir un establecido; Vean que el primero junto con muchas etnias han estado marginados de las relaciones de poder, de las relaciones con la cultura (en el sentido Bourdieuano), de las relaciones sociales, en tanto los otros, han sido y siguen siendo los establecidos, los que se abrogan el derecho desde lo universal a decidir que es lo bueno o malo, por ejemplo lo que se escribe; es que no se puede ignorar esta situación así como así de manera arbitraria. Por lo tanto ese pluralismo que defiende el comentario que prosigue al escrito es demasiado ingenuo, Ojo que esa idea de pluralismo esconde algo, Ojo que precisamente lo que oculta son unas relaciones de poder-dominar.
ResponderEliminarHola Ilionsephir.
ResponderEliminarGracias por tu comentario. Comparto plenamente la idea de que Abad Facciolince tiene bellos libros y malas columnas. Eso no necesariamente habla mal del personaje sino que hace justicia a su calidad creciente como escritor.
Por lo demás, nuestra idea de pluralismo suele ser bastante acomodaticia, toda vez que supone la complacencia con todo, reproduciendo ese "oceano de mermelada sagrada" de lo insulso y lo fácil sobre el que advertía Estanislao Zuleta.
Has tenido la oportunidad de leer la crítica que le hace Rafael Gutierrez Girardot al Honoris Causa de E. Zuleta, velo en la revista Aquelarre, N 8. Me gustaría saber su percepción sobre esa crítica tan pesada.
ResponderEliminarUno de los más godos colombianos, definitivamente. Te contesto por el correo.
ResponderEliminarcordial saludo a la comunidad afrodescendiente, yo aunque no moreno si mestizo con raices indigenas sircolombiano, apoyo o solidarizo con la causa...'queNOSIGAN HABIENDO DISCRIMINACION DE UNOS CUANTOS DESAPDAPTADOS MEDIO BLANCOS, ROLOS, CUNDIBOYACENSES DESCENDIENTES DE RAZA LATINA ESPAÑOLA PORQUE NO SE MEZCLARON O TIENEN ALGUNOS CACHETES Y VYLVAS Y GLANDES COLORADOS NO BLANCOS, FUERA LA DISCRIMINACION RACIAL EN COLOMBIA, ABASJO LOS SECTARIOS CRIOLLOS Y LA DECADENTE ARISTOCRACIA ESPAÑOLA O SUBCAUCASICA...!,
ResponderEliminarPROFESOR OSCAR SANCHEZ ZAMBRANO, NARIÑENESE LUCHADOR..!
Hola Profesor Oscar.
ResponderEliminarMuchas gracias por su comentario.
Compartimos la aspiración de vivir en un país en el que la diferencia no signifique minusvaloración, prejuicio ni trato abyecto.
Profesor, por aquí un artículo algo particular que me encontré buscando cosas para mi tesis. Es en una revista de México pero es sobre los negros en la escuela en Medellín. Se puede bajar en la sección Horizontes. No sé usted qué piensa.
ResponderEliminarhttp://www.iisue.unam.mx/perfiles/index.php
Un interesante escrito el del Dr. Hincapié. Aunque debo confesar que se escribe de un modo bastante particular que llevaría a pensar que se abusa del caso presentado; aunque de lo dicho por el autor se aclara que su propósito no es "ejemplarizar".
EliminarEn realidad el artículo no es "sobre los negros en Medellín" sino sobre la representación del otro en la escuela y su construcción imaginativa erótica. Lo valioso es que este tipo de estudios son poco explorados entre nosotros, razón por la cual resulta de valía y consideración.