Saben que cuando salí de mi casa y me fui a
Medellín y luego a Bogotá, entre 1995 y 1999, no tenía nombre. Todos me
llamaban ‘negro’.
Con mayor infortunio, desde
aquellas épocas, los africanos fueron condenados a ser entera y eternamente
negros.
A lo largo de cinco siglos, estos
han resultado presa de la estigmatización nacida de situar en la piel
características cosificantes, malignas, satíricas, demoníacas, lascivas y
animalescas, con las cuales se reproducen imagoloquias
(Arcos Rivas 2011) que reflejan el
carácter procaz con el que se instalan las representaciones desnaturalizadas
del otro, las ideologías del odio y las imágenes de la perversidad; todas
estas, evidencias del etiquetamiento, el desconocimiento y el desencuentro con la
diferencia humana, escenificadas cotidianamente.
