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sábado, 7 de enero de 2012

Deuda étnica en los gabinetes de gobierno


Estoy poseído por un impulso de tocar las nubes
Niyi Osundare



Una vez presentados los nuevos gabinetes, lo sorprendente no es la ausencia de afrodescendientes en los gobiernos locales de las grandes ciudades. Lo realmente espeluznante es que pareciera persistir la intención de no contar con afrodescendientes en dichos gobiernos, pese a que la reciente encuesta de LAPOP[1] indica que los colombianos, frente a otras nacionalidades, tienen actitudes menos prejuiciadas hacia las y los afrodescendientes y que incluso una porción significativa de colombianos vería bien tener un jefe afrodescendiente. 

Reconociendo los muy notorios avances en la designación de 17 mujeres de reconocida valía y trayectoria al frente de diferentes dependencias públicas en la Gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín, destaca el hecho de que ninguna de ellas sea afrodescendiente y que, junto a ellas, no haya un solo secretario afrodescendiente responsable de carteras en el departamento o en la capital antioqueña.

viernes, 28 de enero de 2011

SUBJETIVIDAD Y CONTINUIDAD CULTURAL: Problema de la diferenciación étnica en entornos urbanos

La construcción simbólica y significante de la realidad identitaria revela la tensión existente entre la asunción de la identidad personal y la colectiva, compleja más aun cuando quienes resultan reconocibles como pertenecientes a un determinado grupo étnico deben tomar la decisión de adscribirse o no al mismo. 


En el espacio urbano, del cual suele predicarse una relación de pertenencia e interacción en el que las marcas culturales se subsumen en la expresión homogénea de la ciudadanía, tal adscripción resulta problemática y compleja, como quiera que en la ciudad los rasgos distintivos y particularizantes con los que suele ser identificada una etnia parecieran borrarse para dar paso al individuo atomizado y culturalmente unidimensional.




En tal sentido, preguntarse por qué significa ser afrodescendiente en la ciudad lleva, en un primer momento, a una lectura evasiva que pareciera informarnos que la ciudad no es el lugar territorial en el que se escenifica la pertenencia étnica y cultural afrodescendiente. Ello, aparte de ser falso, reproduce la tradición académica según la cual la ciudad se levanta como un escenario para la vida humana en sociedad, integrado, que se ordena como el resultado de una compleja articulación de saberes, disposiciones modernizadoras, administración territorial centralizada y tecnificada e interacciones subjetivas mediadas por la distribución social del trabajo, sin referencia alguna a la procedencia o la situación de quienes la habitan y se la apropian; una ciudad articulada para la ampliación y especialización de servicios, la producción industrializada, la masiva confluencia de gentes y una estructuración burocrática de la administración de lo público. El espacio urbano, de esa manera, aparece como amalgama de diferentes grupos humanos insertados artificialmente en la ciudad; cuya articulación y reclamo por  el derecho a la ciudad se produce en la evidencia de la migración, el recuerdo de la tragedia y los padecimientos al acomodarse en un espacio nuevo.


Pero en la ciudad también se nace y se vive; marcado por las tradiciones, imaginarios, mentalidades, costumbres, prácticas y signos identitarios que reclaman la adscripción al circuito cultural de pertenencia que vincula a los individuos y a sus distintas generaciones, produciendo sino el eco de la ancestralidad, cuestionado por algunos antropólogos; la vitalidad de la diferencia y el recamo de la distribución cultural.


En la ciudad, las y los afrodescendientes muchas veces se instala la idea, racializada y fetichizada, de que ‘ellos’ no son de aquí; una otredad absoluta, marcada por la foraneidad antes que por la localía. La tensión identitaria se enfrenta así a la asimilación y la subordinación, en la medida en que tal postura contrainterculturalista, subrepticiamente reclama la ciudad para ‘los otros’, o para un ‘nosotros’ no inclusivo ni diferenciado, que se esfuerza por no hacer evidente, sin lograrlo, el carácter hegemónico de la tradición mestiza, marcada por determinantes socioculturales que incorporaron históricamente la hispanía y la europeidad como su imagen.


Sin embargo, dado que la ciudad es tanto un lugar referente como un espacio de producción de sentidos y simbolizaciones; al igual que los espacios ribereños, isleños, adentrados y litorales, resiste tanto como permite la gestación de una trama intersubjetiva en la que las etnias se reproducen y se inventan, gestando rupturas, bifurcaciones y continuidades culturales que remiten a tradiciones leídas y vividas como propias por nuevos sujetos marcados con la experiencia de hacerse a la ciudadanía.


Con ello, lo que pretendo afirmar es que la afrodescendencia en el espacio urbano, en modo alguno se agota con la identificación de un determinado color de piel o en la atávica exclusividad folclórica de la danza, la música y el deporte como recurrentemente acontece. Pese a que la ciudad mueve hacia la dispersión, la pertenencia identitaria y cultural en ella encuentra rumbos por los cuales reproducirse, por contagio entre las distintas generaciones migradas y locales, por incorporación de tradiciones y prácticas en el seno familiar, barrial y de ciudad, por vinculación orgánica entre individuos que se apropian de su afrodescendencia, por gestación organizativa, por emparentamiento territorial  y relacionamiento residencial al articular enclaves urbanos, por la producción intelectual que lee e imagina lo propio articulándose en un espacio socialmente compartido, intersubjetivo e intercultural, entre otros.


En la ciudad, la afrodescendencia se escenifica igualmente y se la pone a jugar de manera tal que la mezcla y la tradición, lo ajeno y lo propio, las pérdidas y las recuperaciones, la actualidad y la ancestralidad se precipitan produciendo, de manera inacabada y bullente, sentidos, significados y simbolizaciones inusitadas tanto como referentes, que se insertan creativamente en la vida urbana, dando cuenta de la continuidad cultural en la comunidad de los diferentes.






sábado, 15 de enero de 2011

ESCUELA E IDENTIDAD CULTURAL: ¿Multi, Pluri, Inter o la misma?



Una de las preguntas que difícilmente aborda la escuela colombiana se relaciona con la condición identitaria y cultural de sus actores; en buena medida, producto de una traducción de dicho espacio como promotor de la neutralidad cultural, o lo que es lo mismo, como un dispositivo reproductor de la nacionalidad instituida.


Si se pregunta por la significación de la diferencia, la pertenencia cultural y la adscripción identitaria en el espacio escolar, muy seguramente aparezcan los hitos entronizados de la historia nacional como los únicos eventos, episódicos por demás, en los que se dibuja una concepción icónica, estereotipada, cansina y desgastada de lo nacional vinculada al denominado descubrimiento, a las gestas, héroes y batallas independentistas y, especialmente en Antioquia, a las tradiciones y celebraciones de la ancestralidad y la regionalidad.


Con sorpresa se observa que la escuela no ha producido una lectura propia respecto de las complejidades de la multiculturalidad, la pluriculturalidad y la interculturalidad, tal como curiosamente ocurre con el Diccionario de la Academia de la Lengua Española, el cual en su más reciente versión aun no incorpora dichas expresiones. Ambos, escuela y diccionario, suelen ser vistos como cancerberos de la tradición[1], por lo que tiene sentido tal ausencia, en la medida en que la nacionalidad, la ciudadanía y la construcción de la individualidad han sido entendidas por los cultores de la escuela y de la lengua en clave integracionista, asociada a un pasado que se supone compartido, homogéneo e indiferenciado, que nos vincula a la gran tradición latina y al saber hegemónico occidental que pregona para todas y todos “un solo dios, una sola lengua, una sola raza”[2].


Preguntar por la interculturalidad en la escuela como en otros espacios sociales y políticos colombianos lleva a hacer consciente la significación de dicho término en la medida en que, en la versión más cínica, interculturalidad puede comprenderse como “la inevitable sumisión de una cultura minoritaria a una cultura dominante[3]. En otra lectura, distante de la anterior, los vínculos y tránsitos identitarios que supone  la interculturalidad se inscriben en “una concepción dinámica, que insiste en el carácter histórico, contextual y polisémico de los significados culturales y educativos, en particular de la llamada identidad cultural de una etnia[4].


Asumiendo esta última versión, salta a la vista una perogrullada: la escuela tradicional ni es intercultural ni promueve interculturalidad. Pese a lo obvio que resulte tal afirmación, habría que insistir en ello en la medida en que la escuela y los maestros suelen recibir nuevos discursos instalándolos cómodamente en las nociones y concepciones previamente aprendidas, domesticando la novedad a fuerza de torcerla y moldearla para que no produzca resistencia frente al pasado y la tradición, tal como ocurre a los migrantes en buena parte de las latitudes a las que arriban.


Una escuela intercultural y promotora de interculturalidad, por lo contrario, transforma radicalmente sus prácticas; toda vez que su sello fundamental es la inclusión y el reconocimiento conflictual de la diversidad étnica, identitaria, cultural y de género, de modo tal que resulte capaz de incorporar sin atomizar, minimizar o ignorar los orígenes y las procedencias geográficas, los legados patrimoniales, las tradiciones ancestrales de docentes y estudiantes provenientes de diversas regiones, desplazados, migrantes e instalados en entornos urbanos tanto como rurales, a lo largo y ancho del país.





La escuela articulada en clave intercultural, resitúa las identidades étnicas, y culturales e indaga por la diversidad regional, de género y sexual, gestando métodos y estrategias de enseñanza y aprendizaje marcados por el díalogo, la construcción democrática y la articulación de escenarios para el fomento de la pluralidad[5].



Así, habría que leer las complejidades que implica encontrarse a mujeres y hombres licenciados, ingenieros y de otras profesiones chocoanos vinculados a escuelas del Caquetá y la Amazonía; Costeños e Isleños ubicados como maestros en Bogotá y Cundinamarca; Vallecaucanos residenciados y ejerciendo la docencia en Antioquia, entre otros tránsitos regionales voluntarios o, muchas veces, nacidos de la conveniencia laboral, que se suman a las oleadas migratorias producto del desplazamiento y de las urgencias económicas que llevan a nuestros estudiantes y sus familias a residenciarse o refugiarse a la fuerza en los grandes centros urbanos del país.


Tal complejidad, conflictiva y bullente, implica reconocer la diversidad cultural de los diferentes actores escolares para replantearse la singularidad cultural en la construcción unidimensional y hegemónica de los currículos y los planes de estudio en nuestras instituciones educativas, de modo tal que resulte legible y polisémica la articulación de la escuela como un escenario plural y diverso, en el que los saberes y las voces identitarias, culturales y biogeográficas encuentren espacio junto a los saberes y las voces encumbradas por la tradición occidentalizante y europeizada en la escuela tradicional.


Asumir el reto de diseñar la escuela como un escenario intercultural debería llenar de diferencia cada acción escolar y cada instrumento de enseñanza y aprendizaje, de modo tal que resulte posible superar el lugar cómodo en el que el otro y su significación siempre resultan supuestos y, no pocas veces, superpuestos y suplantados por la mirada somnolienta y uniformada del parroquialismo y la localía; palabra que, por cierto, tampoco habita el diccionario.



[1] El lema de la Real Academia de la Lengua es bastante ilustrativo: “Limpia, fija y da esplendor”.
[2] Inscripción que permanece aun en el recinto de la Academia Colombiana de la Lengua.
[3] Así aparece, referida al caso de los inmigrantes en la presentación hecha por José Mª Quintana Cabañas al libro de Alfonso GARCÍA MARTÍNEZ y Juan SÁEZ CARRERAS. Del Racismo a la Interculturalidad. Competencia de la educación. Narcea, 1998, p. 13
[4] José Daniel GARCÍA SÁNCHEZ. Interculturalidad: Voz de los afrocolombianos. Centro de Investigación y Desarrollo – Fundación Universitaria del Área Andina, 2006, p. 33

[5] Véase la idea de educación intercultural en C. BENNET (1990), citado por Auxiliadora SALES y Rafaela GARCÍA. Programas de Educación Intercultural. Desclée De Brou wer,  1997, p. 46. Para este autor, el de la interculturalidad es un "modelo educativo que propicia el enriquecimiento cultural de los ciudadanos, partiendo del reconocimiento y respeto a la diversidad, a través del intercambio y el diálogo, en la participación activa y crítica para el desarrollo de una sociedad democrática basada en la igualdad, la tolerancia y la solidaridad".
Licencia Creative Commons
CuestionP Aportes para una teorìa polìtica de la afrodescendencia por Arleison Arcos Rivas se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 2.5 Colombia.

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