El balance de medio siglo de guerra
en Colombia no sólo es deficitario sino calamitoso. La prolongación irracional
de un conflicto irresoluble por las armas, el acumulado de muertes sin sentido
en todas las orillas de la confrontación, la bancarrota humanitaria y sus
serias afectaciones sobre la población civil, desarraigo inmisericorde de
millones de afrodescendientes, indígenas y campesinos, el desplazamiento
creciente en barrios urbanos, la proliferación de señores de la guerra y
bartuleros de la muerte, la instalación de un exuberante portafolio de
violencias, iniquidades, matanzas y afrentas a la seguridad personal; además
del grave deterioro ambiental, territorial y cultural, registran el apremio
para que nos decidamos a abandonar el callejón sin salida que ha significado la
guerra.
Paradójicamente, en medio de
semejante desbarajuste, los indicadores de acumulación de riqueza y bienestar
personal nunca reflejaron saldo en rojo para quienes hicieron de la guerra el
mejor negocio para sus negocios. Tanto es así, que banqueros, industriales y
comerciantes florecen y prosperan, ajustando su contabilidad y sus estrategias
financieras, productivas, mercantiles y comerciales a los ritmos de la conflagración;
afirmando con gracia desvergonzada que “el país va mal pero la economía va
bien”.