domingo, 3 de noviembre de 2013

De la victimización al poderazgo


Con relativa frecuencia se acude al sentimiento victimizante para presentar las problemáticas que padece el grueso de la población afrodescendiente, marcada por siglos de enquistamiento de los efectos racializantes, la omnipresencia de la esclavización, la hiperrepresentación en indicadores de pobreza, analfabetismo, insalubridad, carencia de oportunidades igualitarias para el ingreso y ascenso laboral, subrepresentación en espacios de liderazgo y direccionamiento público y privado, desterritorialización, precariedad en el acceso a educación superior y, como si hiciera falta, feminización de la opresión. Las caras de la tragedia, todas ellas, dibujan los colores variopintos que la afrodescendencia ha tomado a lo largo de cinco siglos de relaciones que dibujan el maridaje entre la opresión y la piel a lo largo y ancho de América; con más población y dureza en unos países frente a otros.


La consecuencia obligada de esta situación salta a la vista: desprotección, abandono, invisibilización, minusvaloración, inferiuorización, descreimiento, sufrimiento, dolor y muerte que se convierten en una herida lacerante y profunda que, curiosamente, no afecta la comprensión del victimario sino que esencializa a la víctima; imponiendo una imagen lastimera de las y los afrodescendientes en foros, seminarios, audiencias, circuitos reflexivos, espacios académicos, acciones investigativas, construcciones discursivas e imaginarios públicos.

Sin faltar al hecho de que, efectivamente, persisten y se manifiestan enconadas evidencias históricas, económicas y políticas de la desigualdad con la que se han configurado sociedades de la ignominia en contra de las y los hijos de África en América; advierto que ese discurso, puesto en la voz de las y los afrodescendientes, resulta peligroso si emerge de manera descontextualizada y falta de equilibrio frente a las respuestas autonómicas e independientes que las comunidades, organizaciones y liderazgos han interpretado, escenificado, defendido y sostenido a lo largo de cinco siglos de presencia, resistencia, construcción e invención cultural e identitaria en nuestros países. 

Los límites existen. Eso es evidente. Las deudas institucionales y societales favorables al reconocimiento y afianzamiento de la africanía como soporte estructurante de la americanidad resultan palmarias en todos los niveles en los que su desconocimiento evidencia las grietas y fisuras sistémicas del racismo y la discriminación; mucho más cuando los estados, por omisión o por acción, contribuyen a perpetuar los rituales simbólicos del odio y el desprecio étnico. Sin embargo me asalta la pregunta por si el lenguaje victimizante constituye un piso firme para el avance de las reivindicaciones que activan al movimiento étnico afrodescendiente, especialmente en Colombia y América del Sur. En lo que sigue, propondré que no y que, muy por el contrario, tal discurso debería resituarse y materializarse en el cuerpo institucional del, hasta ahora victimario impune.

El discurso victimizante condiciona la mirada; articula una forma de verse a sí mismo en la que el padecimiento y la poquedad arrinconan, acobardan y configuran un imaginario sufriente del que difícilmente se sale indemne. Bajo el estigma naturalizado de la esclavización, la presentación imaginativa del negro, con la que el universo conceptual europeo representó al afrodescendiente, diseña, modela y refleja una imagen fija y ahistórica que rentabiliza la presentación de un sujeto pasivo, apocado, desnudo, quieto bajo el látigo del esclavizador, callado pese al furor de la tragedia padecida; cómodamente sufriente.

Por ello, más allá de la evidencia histórica de la esclavización, la construcción del presente afrodescendiente debe significarse en la redención de las y los africanos del pasado; quienes enfrentaron a muerte y persistentemente el peso de tamaña institución, contraria a su dignidad y humanidad.

Tras la aspiración a disfrutar plenamente la vida digna que la estela de la esclavización ha negado, debemos rechazar la imagen cándida del negrito contento que trabaja de sol a sol para ganar, en la precaridad, su sustento. Ese es el producto de una sofisticada estrategia de aminoramiento de la dignidad del afrodescendiente que vende perspicazmente la conformidad como táctica de dominación, al tiempo que, puesta en nuestras voces, acepta como un destino la fragilidad, la pobreza, la vulneración y la victimización ocultas tras la irrenunciable y ancestral alegría. ¡Contento sí, pero disfrutando lo que es nuestro justo merecimiento! Aquello de que se trabaja ‘como negro para vivir como blanco’, pese a que pone del lado de la víctima el esfuerzo, el sudor, el tesón y la brega; deja del lado del victimario los frutos y los beneficios de tal cansancio. A esa imagen, definitivamente, hemos de renunciar.

De igual manera, es preciso derrumbar la imagen encadenada, silenciosa y de cerviz baja con la que el esclavizado es caricaturizado en infinidad de textos y piezas discursivas; que no sólo ofende el pasado cimarrón y libertario ampliamente documentado en el archivo patrimonial de la herencia ancestral africana, sino que además provee el sustrato imaginativo con el que negro e inferior juegan todavía en la representación despreciativa y denigrante de la africanía en nuestras sociedades.

Estos dos movimientos desmitificadores coinciden al enfrentar la manipulación histórica con la que se sigue vendiendo al afrodescendiente con el patrón colonial que lo personifica como un negro resignado a su patética suerte, mientras sistemáticamente se descuida la memoria de cómo las y los afrodescendientes desentrañaron de profundos socavones, arrancaron de la tierra, levantaron con sus manos y sostuvieron sobre sus hombros las economías de nuestros países por largo tiempo; así como emprendieron, contra la esclavización, proyectos de autonomía económica, política y cultural palenquera y arrochelada fundados río arriba y monte adentro incluso décadas después de extinta la esclavización e instalada la república.

Ceder el lugar de la representación gloriosa a favor de la reproducción indecorosa de la victimización corrompe las maneras de relacionamiento dignificante que, considerando la la africanía como un activo heredado, sitúa en condiciones de interacción y diálogo emancipatorio a las y los descendientes de africanos en nuestros países. Si de lo que se trata es de tomar parte en el reparto igualitario de los beneficios societales, no son dádivas ni contentillos ni regalos lo que se disputa con las fuerzas enquistadas en las distintas esferas y escenarios del gobierno de nuestras sociedades sino el poder mismo y la capacidad de dominio que nos deja al margen de tal disfrute, sosteniendo relaciones de opresión largamente articuladas en el tiempo y más allá de las fronteras nacionales.

Los lánguidos reclamos discursivos en foros, audiencias y parlamentos, desplegados como estrategias reflexivas sin músculo ni fortaleza movilizatoria no sólo resultan patéticos sino que pueden estar siendo contraproducentes; pese a constituir un insumo infaltable (que no esencial) en el proceso de poderazgo afrodescendiente. La pregunta que emerge, luego de las acciones de denuncia que se proponen en tales espacios y escenarios, es si aparte de favorecer la visualización del drama humanitario que clama por reparación levantando sostenidamente el dedo acusador hacia los republicanos herederos de la colonia y la colonialidad, se logra enfrentarlos hasta el derribamiento de las fronteras de precariedad que estos han instalado, nutrido y perpetuado.

Visto así, el problema del reconocimiento étnico afrodescendiente no consiste en la persistencia del llanto y el rechinar de dientes. Muy por el contrario, contra la esclavización emerge la urgencia de resituar el valor de la africanía y su impronta cimarrona en la significación identitaria de América. Se precisa orientar las acciones del movimiento afrolibertario hacia la restitución de los procesos autoemancipatorios continuados por siglos, incluso de espaldas al Estado, en los que hierve una pasión resiliente que reclama en beneficios económicos, sociales y políticos concretos el reembolso de la agonía, el sufrimiento y la injusticia histórica e institucionalizada.

Para los hijos e hijas de África en el presente de América, hacerse un pueblo étnico a partir de la reivindicación de la heredad nutrida por la africanía (otrora vilipendiada y representada como vencida y lastimera) encarna y simboliza la alternativa política que lleva a atesorar el acumulado histórico de la resistencia y la reexistencia, entendidas como la tenacidad, una y otra vez puesta a prueba, para sobreponerse al vilipendio y levantarse, orgullosos, sobre los propios pies.

Romper con el discurso victimizante pone al presente lastimero a rememorar el pasado decoroso[1]. Así considerado, las rutas del poderazgo afrodescendiente esquematizan rumbos libertarios y coordenadas emancipatorias que, lejos de extenderse mendicante, esgrimen una mano multitudinaria; capaz de activarse hasta volverse puño cuando sea preciso. Dicho en otros términos, por fuera de las dinámicas de apaciguamiento tras la obtención de limosnas estatales y dádivas para ciertas figuras eufemísticamente denominadas líderes, la dignidad del pueblo afrodescendiente reclama hoy un movimiento crítico de sí mismo, articulado y coherente; con la suficiencia moral y la prestancia política suficiente para que su fuerza y su capacidad organizativa y gravitatoria termine por socavar las barreras de la esclavización, edificando las murallas de la definitiva emancipación.

Este es, en últimas, el mandato del Congreso de Quibdó interpretado recientemente por la ya vigente e instalada Autoridad Nacional Afrocolombiana, cuya primera sesión independiente, autónoma, autoconvocada y felizmente adelantada ocurrió en Medellín a finales del mes de octubre.




[1] Agradezco al historiador Santiago Arboleda el volver a redibujar esta bella metáfora, que recrea el imaginario Sankofa tan propio de quienes, puestos en la marcha del presente, ponen adelante el pasado, conscientes de que constituye la estampa y la heredad que ha de atesorar el porvenir. Esa idea fue propuesta en la mesa de Enseñanza de la Historia, de la cual participamos con una ponencia en parte recogida en este escrito; presentada durante el VII Encuentro Africa en la Escuela, realizado en Medellín a inicios del mes de octubre del presente año.

2 comentarios:

  1. Hermano Arleison, totalmente clara la posicion a adoptar, me muestro de acuerdo con lo expresado en este texto, resumido en la frase: "romper con el discurso victimizante pone al presente lastimero a rememorar el pasado decoroso', debemos replantear la ecuacion, dirigiendo nuestro discurso hacia la visibilizacion y dignificacion de nuestras historias personales, comunitarias, como pueblos, mostrando dialecticamente, ademas, la otra cara, la del conquistador, la de asesino, la del victimario, la cara oculta del opresor que vive montado sobre un escenario creado desde el periodo colonial racializado y que a lo largo de la "historia oficial", segun el momento, cambia de nombre, pero en el fondo es mas de lo mismo, cambia la forma, pero sigue funcionando con la misma logica de dominacion, sentimientos de superioridad e inferioridad, de tal manera que la clave esta en deconstruir estos imaginarios, donde se encuentra la raiz de los efectos negativos que permanentemente descienden sobre nosotros, sobre nuestros pueblos , en forma de hambre, atraso, marginacion, desempleo, anafabetismo.

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    1. Apreciado Francisco
      ¡Un gusto inmenso sentirte cercano estando tan lejos!

      Gracias por tu comentario y tu lectura juiciosa, mi hermano.
      La tarea es esa: retar ese imaginario perverso que muchas veces hasta nosotros nos creemos.

      Un abrazo inmenso.

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CuestionP Aportes para una teorìa polìtica de la afrodescendencia por Arleison Arcos Rivas se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 2.5 Colombia.

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